domingo, 22 de julio de 2012

Leyendas de aparecidos en Tarija

La población de Tupiza, antigua y acogedora, tiene el don de sus atractivos turísticos y la gracia de sus habitantes, bonachones y cantores. El clima y su paisaje son de inigualable belleza. En el pueblo hay relatos que cuenta la tradición oral, referidos a los aparecidos, almas en pena o duendes. Trataremos de esbozar algunos de ellos. También rescataremos relatos de Villazón, hermosa población fronteriza donde se desarrollan historias, cuentos y leyendas, de las que extraigo una que merece ser recordada. “La cholita condenada”

El carruaje del diablo
A principios del siglo veinte, el pueblo de Tupiza era un centro minero, pequeño y sin los servicios básicos, la energía eléctrica estaba lejos de llegar a esta parte de Bolivia. Las calles eran de tierra con cascajos. Por aquel entonces, la gente acostumbraba recogerse temprano a sus hogares, los niños luego de hacer las tareas, se acostaban a dormir.
Se cuenta que los días viernes, al promediar la media noche, se escuchaba transitar por las calles un elegante carruaje negro, tirado por dos briosos corceles del mismo color. Se dice que era el mismo demonio que acudía a la casa de un conocido minero, allí, en su finísima sala, jugaban a las cartas y a los dados hasta cerca del amanecer, pero lo cierto es que jamás se escuchó que el carruaje se retirara del lugar, simplemente desaparecía.
El rico minero, todos los fines de semana hacia traer un contingente de gente de sus minas a fin de que trabajen en su mansión, el día lunes cuando retornaban al campamento minero, uno de ellos faltaba, desaparecía sin dejar rastros. El argumento del patrón era que había desertado, escapado para no pagar su vieja deuda económica.
La creencia popular afirmaba que el poderoso minero se lo había entregado al diablo a cambio de vetas de oro.

El carretón de la otra vida
Es una vieja tradición, contada noche tras noche por los papas y abuelos, se dice que ocurría su aparición una vez al mes. Al acercarse la media noche, el Carretón surgía por la antigua calle del Cementerio, hoy Chuquisaca, lentamente el carretón avanzaba por las principales calles, los ejes crujían entremezclándose con el ruido de las ruedas al rodar sobre las piedras. Era un carretón sin barandas, rústico, tirado por bueyes oscuros que acezaban en señal de portar una carga pesada. La creencia popular era que se trataba de una aparición fantasmagórica, los ojos de los animales y del conductor, chispeaban, brillaban amenazantes, por lo que jamás nadie se atrevió a cruzarse en el camino del Carretón de la otra vida.
El carretón cargaba sobre su plataforma un cajón de muerto, negro y brillante, con el ataúd hacia un recorrido fijo, luego de cumplir con su itinerario, se perdía por la calle Saturnino Murillo, despertando el susto tal como había ingresado.

La aparecida del Colegio Suipacha
Era el primer año de servicio del profesor Sócrates Chiri Liendo, en realidad, los primeros meses de trabajo en la docencia. Los maestros de Tupiza habían acordado celebrar el día del maestro con una reunión de camaradería en una de las aulas del Colegio Nacional “Suipacha”.
Ese día, el profesor Sócrates, tenía planificado asistir a la hora indicada, pero a raíz de un imprevisto, le tocó llegar una hora después. Su ingreso a la Sala fue recibida con aplausos y silbidos por sus colegas, era señal de amistad y de retraso, se incorporó al grupo, se hizo el brindis de rigor, aún había silencio en la sala, la fiesta, la música, tardaba en organizarse. En ese momento decidió ir al baño, la luz de la oración aún permitía desplazarse sin dificultad, caminó por el resto del corredor, giró hacia su derecha y se encaminó hacia los baños de alumnos, cumplido su objetivo, retornaba a la sala, cuando de pronto vio que una joven pasaba muy cerca suyo, no le dio mayor importancia, incluso, pensó que se trataba de una alumna rezagada. La muchacha caminó unos posos más y se detuvo, dio la vuelta, mirándole fijamente, le hizo un ademán con una de sus manos, indicándole que la siga, perplejo, pensó que se trataba de mucho descaro y falta de respeto a un profesor. Ante la insistencia, caminó unos pasos, se detuvo, trató de enfocarla con su linterna, pero no le respondió la linterna, no prendía, intentó activarla en reiteradas veces pero fue en vano. Colocó la linterna en su bolsillo trasero derecho. Caminó otros pasos, sin dejar de mirarla, sus ojos se quedaron fijos en la muchacha, estaba como hipnotizado.
Una mano fría, pesada se posó en su hombro derecho, el impacto fue lento pero eficaz, el profesor Sócrates salió de su estado de perplejidad. Pudo escuchar risas y voces de sus colegas, vuelto a la realidad, atinó a mirar a todos lados, reconoció a sus amigos, no dijo nada, volvió su mirada al frente, la muchacha aún seguía allí. Entonces pudo señalar lo que estaba viendo y balbucear la palabras, muchacha, chica, estudiante. El grupo se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, pero ninguno de ellos alcanzó a ver nada. Una vez en la sala, los profesores en silencio escucharon el relato de lo sucedido. El profesor Sócrates había permanecido una hora en aquella oscuridad.

El Duende
El portero del Colegio Nacional Suipacha de Tupiza, era don José Arrieta Calderón, encargado de la limpieza, ordenamiento de pupitres y mesas de aulas; era una rutina que se cumplía al finalizar el día. Don José, se esmeraba en el trabajo, trataba de culminar lo antes posible, pero dada la cantidad de aulas, su trabajo se prolongaba hasta muy tarde. El esmero que le ponía a su trabajo, se debía a la responsabilidad que siempre demostró en el ejercicio de sus funciones, pero también se debía a su temor al duende.
Don José, contó al suscrito una serie de hechos que le sucedieron durante días y años en el ejerció de sus funciones, primero soportó solo los ruidos y apariciones, luego en compañía de doña Tomasa Pérez Aguanta, su esposa y, finalmente, de Luis Fernando, su hijo mayor. Desde su ingreso a la portería, le tocó vivir en los predios del Colegio Nacional “Suipacha”, construyó su vivienda frente al patio que fungía como campo deportivo y de educación física. Cuenta que en las noches, mientras barría, limpiaba o acondicionaba los bancos, repentinamente se apagaba la luz de ese curso, prendía el interruptor, se alejaba unos pasos, de nuevo se apagaba la luz, había veces que era mejor dejarla apagada e irse a otra aula. También sucedía que terminaba su labor, apagaba la luz, pero apenas se alejaba, se nuevo se prendía la luz, la mayoría de las veces era inútil batallar con el duende, era mejor dejar la luz como él deseaba. En otras ocasiones, finalizado el trabajo, el aula estaba en completo orden, pero de pronto se escuchaban estrepitosos ruidos y golpes de sillas, mesas y bancos, se daba la vuelta y se encontraba que todo el mobiliario estaba amontonado, destrababa los muebles, pero de improviso, todo estaba de nuevo en desorden. El aula que siempre le sorprendía con algo nuevo, era el que se encuentra en la esquina de la calle “Chuquisaca” y calle “Arturo Aranibar” aula donde se encuentra la tapa de la entrada al túnel; según se dice, este túnel conduce a la Iglesia Matriz de Tupiza. El que escribe estas notas, el año 1997, ingresó y recorrió por el subsuelo unos 60 metros, alumbrado del túnel se hizo con linternas, le acompañó Luis Fernando Arrieta Pérez y un grupo de alumnos del Colegio Nacional “Suipacha”. El túnel continúa hacia la avenida “Saturnino Murillo” y calle “7 de noviembre”.
Los aparecidos del Colegio Nacional “Suipacha”, siempre estuvieron ahí, en el patio, en la cancha, don José y su familia, escuchó sus pasos, murmuraciones y, en ciertas ocasiones, los vieron caminar por los alrededores o sencillamente se los podía ver parados, en posición de espera, estudio o de conversación. Estos fenómenos fueron su compañía por muchos años, hasta llegaron a acostumbrarse a ellos; con el tiempo, la familia no se dio cuenta cuando desaparecieron, porque de vez en cuando, reaparecen para molestarle.

La cholita condenada
La fronteriza población de Villazón, rica en cuentos y tradiciones; tiene entre sus añejos relatos, la versión que cuenta lo sucedido a una bella cholita, llamada María, sus padres la habían dejado como sirvienta de un matrimonio de extranjeros asentados en la zona, la joven era hacendosa e introvertida, hablaba poco, impactaba a primera vista sus largas trenzas y sus grandes ojos, orlado de negras pestañas, la hacían más tímida cuando conjugaban con sus labios carnosos y morenos, la nariz guardaba relación con su rostro redondo que brotaba de un fino cuello. Era María de regular estatura, su espigado cuerpo era disimulado por las amplias polleras que vestía, las que conjugaban con su manta floreada, por encima de sus ojotas anunciaban unas esbeltas piernas, propio de quien camina demasiado. María desempeñaba con diligencia sus labores de casa, se cuenta que el matrimonio era considerado “extraño”, debido a que escasamente se habían relacionado con sus vecinos, eran huraños, de mal carácter y hasta malos en el trato.
En cierta ocasión, aprovechando la ausencia de su esposa, el patrón abusó de la bella indígena, amenazada para que no avise a nadie, el hecho se repitió varias veces. El tiempo pasó, lastimosamente, María quedó embarazada, inocente, ingenua y temerosa, no dijo nada a nadie, pero llegó el momento en que la gestación se hizo evidente, en tales condiciones, la patrona le increpó y luego la intimidó con azotarla si no delataba al padre de la criatura que llevaba en su vientre, ante la presión, la cholita confesó la verdad. Enfurecida de celos y rabia; optó asesinar a la empleada y, lo peor de todo, en complicidad con su marido, consumado el crimen, entre ambos, enterraron el cadáver de María en el fondo de la casa.
Se cuenta que a los pocos días de ocurrido el hecho, el alma de la cholita comenzó a deambular por la casa, la cholita se había condenado, estaba purgando un pecado que no cometió, volvía para castigar a sus asesinos. Unas veces se le aparecía a la señora, otras al esposo; les hablaba, les mostraba su vientre, finalmente, se dice que enseñaba a su niño en brazos. Tal fue el impacto recibido, que el esposo falleció de un ataque al corazón, mientras que ella enloqueció, en sus desvaríos, contaba como sucedió la muerte de la cholita. El desorden mental la acosó, hasta que finalmente debió ser internada en el manicomio de Sucre.
En tales circunstancias, los vecinos se percataron de la desaparición de la cholita, la buscaron y, según la propia demente, pudieron encontrar en lugar donde fue sepultada, la sacaron y la llevaron al cementerio, pero su alma se quedó rondando por el barrio.
Desde entonces, en horas de la noche, la cholita súbitamente aparece a los transeúntes nocturnos en las cercanías de la Piedra Blanca, se cuenta que al dar la mano, deja huesitos de niños en las manos de sus víctimas.

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